Hoy escuchamos: Amenazaba tormenta, un cuento de la escritora mexicana Martha Cerda.

1. Antes de leer el cuento, busca en el diccionario el significado de estas palabras:

  • Interponer
  • Venda
  • Deslumbramiento
  • Escafandra
  • Conyugue
  • Crepúsculo
  • Ensanchar
  • Vapor
  • Amenazar
  • Empapar

 

2. Escucha el cuento.

 

3. Responde las siguientes preguntas:

  • ¿Qué fenómeno comienza a ocurrirle al protagonista entre las tres y las cuatro de la tarde?
  • ¿Cómo reacciona su esposa ante la nube?
  • ¿Qué ventajas encuentra el narrador en tener una nube personal?
  • ¿Qué cambios va experimentando la nube con el paso del tiempo?
  • ¿Cómo evoluciona la relación entre el narrador y su nube?
  • ¿Qué sucede finalmente con el protagonista y su nube?
  • ¿Qué elementos del cuento te hacen pensar que lo narrado puede ser simbólico?

 

4- Finalmente, lee el cuento Amenazaba tormenta:

Una hora de más o de menos no tiene importancia, salvo que estés muriéndote o naciendo. “Muriéndome”, es decir, morirse uno a sí mismo, no a otro, por lo tanto, no es igual un minuto antes que después. Pero esta reflexión no la hice cuando se interpuso por primera vez en mi vida una nube entre las tres y las cuatro de la tarde, impidiéndome ver a mi alrededor durante esa hora. Tampoco me di cuenta de que sólo me cubría a mí, como una venda sobre mis párpados. Por lo demás, no estaba mal, aparecía justo a la hora de la siesta, protegiéndome con su sombra de algún rayo de sol inoportuno. Era grato despertar en medio de una luz amortiguada, sin los deslumbramientos tan comunes del mes de abril.
Porque era abril y aún no llegaban las lluvias, así que la nube era más bien blanca. La única en protestar fue mi esposa, quien no dejó de creer que era cosa mía para fastidiarla. Le parecía de lo más extravagante traer una nube en los ojos, en lugar de unos lentes oscuros. Tal vez hubiera preferido un antifaz y no mi algodonosa compañía. Sin embargo, ahí estaba y lo mejor era dormir la siesta bajo su cobijo.
Fue hasta algunos días después, que me percaté de su movimiento. Estábamos en una comida de bodas, de esas en que sirven a las cuatro de la tarde, cuando mi mujer malhumorada, me reclamó: “¿No pudiste dejarla en casa?” “¿A quién?”, le pregunté. “A tu maldita nube”. La cual a esas fechas había descendido a la altura de mi cuello, semejando una escafandra. Por cierto que, a las cinco, la nube persistía en este sitio. Me hubiera gustado verificar si en mi casa no estaba en ese momento nube alguna, mas la sola idea me pareció desleal. Excepto que mi tiempo de observar se iba acortando, no podía objetarle nada; era juguetona, aunque ¿Se han puesto alguna vez algodones en los oídos para no escuchar a su conyugue? También me permitía reírme sin que me vieran y eludir las respuestas a la misma pregunta: ¿De dónde diablos sacaste esa cosa?
Cuando la nube se extendió hasta la hora del crepúsculo, adquirió un tono rosado que me sentaba mejor y, mientras el mundo de afuera se esforzaba en agredirme por medio de los insultos de mi mujer, a quien cada vez oía menos gracias a la nube; mi mundo de adentro crecía y se ensanchaba; el vapor ya me envolvía de la cabeza a los pies, desde las tres de la tarde hasta el anochecer.
Un lunes amanecí nublado. Mi nube había decidido quedarse conmigo la noche anterior, porque amenazaba tormenta. Mi mujer estaba furiosa, como a las diez de la mañana comencé a llover. “Augusto, deja de hacer payasadas”, gritó mi mujer a eso de las doce, pero yo seguí lloviendo hasta que mi última gota empapó la alfombra, ante los gritos ya inaudibles de la que fuera mi esposa.

 

5. Comprueba ahora tus respuestas:

  • Una nube aparece entre las tres y las cuatro de la tarde y le impide ver, como si fuera una venda sobre los ojos.
  • Su esposa se irrita, cree que es una exageración o una manera de fastidiarla.
  • El narrador se siente protegido, menos expuesto a la luz o los ruidos, y disfruta del aislamiento.
  • La nube va descendiendo y envolviéndolo, expandiéndose hasta abarcar más horas del día.
  • Se convierte en una compañera constante, incluso durante la noche; él la prefiere a las agresiones del mundo exterior.
  • Finalmente, el narrador se disuelve en la lluvia: “comenzó a llover” hasta desaparecer como persona, en un gesto poético de fuga o muerte.
  • El cuento puede interpretarse como una metáfora del desapego emocional, la depresión o el deseo de retirarse del mundo.